Tal día como hoy de 1938, de madrugada, era volado el puente de Flix después de que pasara el último soldado republicano. La voladura simboliza el final de la batalla del Ebro y, en buena medida, el reconocimiento del la pérdida inevitable de la guerra civil por parte del ejército de la República.
Lo que generalmente se conoce como la Batalla del Ebro son cuatro meses de enfrentamientos en que el ejército republicano cruzó el Ebro, en una maniobra osada y valiente que buscaba varios objetivos: Romper las líneas franquistas, cosa que logró, envolver a parte de ese ejército y unir los dos frentes republicanos, algo que no logró, y, sobre todo, ganar tiempo, cosa que logró pero que no sirvió.
Ganar tiempo era el objetivo principal. El gobierno de la República juzgaba inminente la invasión de Checoslovaquia por parte de Alemania, y creía que eso desataría la segunda guerra mundial, algo que se pensaba que podía cambiar el signo de la guerra civil española, ya casi perdida. Se ganó el tiempo suficiente, pero la invasión de Checoslovaquia se hizo con el permiso de Francia y Gran Bretaña. Hubo que esperar a la invasión de Polonia para que empezara.
Yo tuve un abuelo en cada bando de aquella batalla. Y uno de mis abuelos, Blas, tuvo un hermano suyo (Paco) en el otro frente (eso es lo que a mí me contaron, por lo menos).